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Hay terceros no familiares que pueden ejercer una gran influencia negativa en los negocios familiares. El siguiente ejemplo histórico es muy clarificador.

Rasputín consiguió cortar la hemorragia del único hijo varón del zar Nicolás II y, a partir de ese momento, logró una gran influencia sobre la zarina Alejandra. Al parecer no había decisión del zar que no pasara por la supervisión

de Rasputín. Este tipo de personajes existen, en ocasiones, en las empresas familiares. Un tío decide que un directivo no familiar u otro empleado es su confidente y hombre de confianza y sus decisiones y acciones, incluso las que tienen que ver con la convivencia de la familia en el negocio, son mediatizadas por esa persona. Ni que decir tiene que estos “rasputines” son particularmente dañinos. La familia viene primero y estos comportamientos son inadmisibles. Son un atentado contra la unidad familiar. 

 

Debemos destacar que no nos estamos refiriendo a aquellas personas que siendo empleados o asesores externos realizan una labor de mediación puntual o continuada en la que tratan de suavizar las dificultades y rebajar el nivel de los enfados y tensiones que surgen entre los miembros de la familia. Las familias empresarias que cuentan con alguien de estas características tienen una gran suerte. Fortuna nada casual, dado que estas figuras sólo se dan cuando las familias están lo suficientemente abiertas a confiar en terceros que lo merezcan.

La familia debe tener claro que “no se admiten rasputines” y los familiares propensos a tenerlos deben tener claro que con este comportamiento están dañando profundamente las relaciones familiares y, en última instancia, el proyecto común que representa tener negocios en familia.