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Morir con las Botas Puestas en una Empresa Familiar

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¿Es de sabios morir con las botas puestas?  No lo es, sin dudarlo, pero muchas personas que fundan sus empresas familiares o las dirigen durante muchos años deciden mantenerse al frente de ellas hasta el último día, precipitándose a “situaciones” que, vistas con un poco de distancia, nadie querría para sí,  para los suyos, ni tampoco para su empresa. 


Se pueden tener 90 años y estar en perfectas condiciones de dirigir. Este fue el caso de Armand Hammer  (1898-1990),  fundador de Occidental Petroleum, que estuvo

al frente de su empresa prácticamente hasta que falleció con 92 años.  Se decía que pocos directivos más jóvenes le aguantaban el ritmo de trabajo. Pero la probabilidad de que con estas edades se esté en condiciones de dirigir una empresa es baja. Lo normal es que la persona, conforme pasa el tiempo, muestre serias deficiencias en sus capacidades de gestión y desarrolle un conjunto de comportamientos poco adecuados, de modo que la persona, otrora admirada, se convierte en un mal calco de sí misma, perdiendo cada día el  prestigio y respeto ganado durante años.


A partir de la edad de 60 años nuestras capacidades físicas y mentales van sufriendo una notable disminución.  El lento avance de la “senilidad” puede irnos mermando sin que nos demos cuenta.  Con los meses y años, aparecen evidentes zonas de oscuridad que son percibidas por los que nos rodean. Se dan cuenta de que  ya “no somos los mismos”.  Así, poco a poco, disminuimos el número y duración de nuestros viajes, contactamos con menos clientes,  comenzamos a olvidar lo que nos cuentan nuestros colaboradores, en fin, que día a día perdemos ese “pulso del negocio” que antes tan maravillosamente atrapábamos entre nuestros dedos. Y, a la par que nuestras fortalezas se debilitan,  queremos seguir siendo reconocidos y aplaudidos, ser el factor de éxito del negocio,  y que se nos siga diciendo, aún más si cabe:  “sí D. Antonio, tiene usted toda la razón”. 

Con la edad, también, comienzan a agudizarse los defectos del carácter. Por ejemplo,  tal vez la persona haya tenido cierta tendencia a criticar esporádicamente y en público el trabajo de sus descendientes, ahora puede terminar  hablando mal abiertamente ante un alto director de banca sobre una hija que ha decidido abandonar la empresa.  El mal carácter puede llegar a ser continuo, teniendo faltas de educación con todo el que está alrededor, con el consecuente empeoramiento del ambiente laboral en la empresa.   

Con los años, también puede aparecer el “simplismo”. Todo es blanco o negro, no hay tonos  grises al analizar un problema, no existen varias causas para algo, sino “una”, la que el gran jefe dice ser “la causa”, generándose malas decisiones, pues difícilmente se pueden obtener buenas de pobres diagnósticos.  O las “ideas repetitivas”, que se machacan un día tras  otro durante meses agotando y aburriendo a todo su equipo en esa batalla.  A veces lo repetitivo es la “manía a una persona” que termina con la marcha de esta y la desmoralización de sus descendientes y directivos, conscientes de lo injusto de lo acontecido.

Como podrá suponerse a estas alturas el gran jefe se ha quedado sólo o está a punto de ello. Ni los dirigentes profesionales, ni los sucesores familiares más capaces permanecen o van a quedarse mucho más tiempo en la empresa porque ¿¡quién aguanta al “viejo”!?  ¿quién soporta las situaciones que crea, necesitando a la vez seguir siendo el “gran hombre admirado” y reconocido por todos como “el factor de éxito” del negocio? Esta persona hace ya tiempo que entró en competencia con la generación más joven. La marcha de las personas más jóvenes capacitadas pronuncia el declive de la empresa. Así, cada día hay más problemas, muchos de ellos creados por quién decidió morir con las botas puestas, aunque éste siempre encuentre una razón u otra, o más bien, una persona a quién responsabilizar de cualquier cosa que falle.  Y es ante la acumulación de problemas cuando comienza un nuevo fenómeno: el de la “realidad paralela”. 

Asistí a una reunión entre un padre de más de setenta años que estaba al frente de su negocio y sus hijas. En esa reunión hubo un fuerte choque entre ellas y el padre porque éste pretendía hacer una fuerte inversión que no tenía ninguna racionalidad.  El comportamiento del progenitor fue penoso. Sin embargo,  cuando días más tarde contaba lo ocurrido sostenía totalmente convencido una versión,  montada sobre detalles casuales e irrelevantes, que culpaba de lo acaecido a sus hijas. Era tal su sincera convicción que quien no hubiera estado presente se lo podría haber creído.  Lo que sucedía era que al ser la  verdad tan difícil de aceptar tuvo que inventarse una “realidad paralela” que a él lo dejara bien parado.  Comenzando a ir las cosas mal en la empresa, este tipo de sucesos se convierte en algo común, de modo que el gran jefe, para los que lo rodean, ha perdido el sentido de la realidad. La empresa comienza gradualmente a instalarse en la irracionalidad.

Sin embargo, nada de lo anterior tiene porqué ocurrir. De hecho,  lo anteriormente descrito puede suceder sólo en parte, que es lo más normal.  Pero,  ¿es sabio correr estos riesgos?  El precio suele ser la empresa. De hecho, una alta proporción de las personas que crean organizaciones y las controlan hasta edades avanzadas se las llevan por delante.  Pero ahí no termina todo. Desaconsejaba el  psiquiatra Daniel J. Levinson, que estudió la evolución del comportamiento psicológico de las personas según las diferentes edades,  que las personas de edad estuvieran en puestos de mando. Decía: “Si él no abandona su autoridad, es probable que se convierta en un dictador tiránico – despótico, poco sabio, no querido y que no quiere a nadie …”.  El precio, como vemos, también puede ser su familia y él mismo. No es sabio correr estos riesgos.    

Pero  ¿dónde estuvo el fallo?   Se entró en mal camino cuando el empresario  con cincuenta y tantos y, de forma más concreta, en los 60-65 años, la edad en que uno ve que se ha hecho mayor y que queda por delante una vida de menor reconocimiento,  de menor poder, que llega la hora de traspasar el testigo,  decide hacer “lo que quiere”, agarrarse a la empresa que ha sido su vida, en lugar de hacer “lo que debe”, esto es,  ceder el puesto de máxima autoridad a gente más joven para que con otros criterios hagan prosperar el negocio.  Enfrentado a tener que hacer un importante trabajo psicológico consigo mismo para adaptarse a una nueva forma de vivir de menor brillo y lustre, decide no hacerlo, con la excusa que corresponda, que nunca faltan, nuevas inversiones, nuevos retos en otros mercados, “mis hijos no están totalmente preparados”, frase que hasta puede usarse como indicador claro de que la persona ha optado por no asumir los cambios que su vida le trae.

No es una buena idea morir con las botas puestas. Si lleva ese camino, párese y sálgase de él, sea su edad la que sea.   Es su obligación para con su empresa, para con su familia, pero sobre todo, es su obligación para con usted mismo.

Rafael  Rodríguez Díaz

Etiquetado en: sucesion
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